Translate

domingo, 13 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD DE 2015 Del porqué los dogos canarios son atigrados o barcinos y llevan las orejas cortadas.


CUENTO DE NAVIDAD DE 2015
Del porqué los dogos canarios son atigrados o barcinos y llevan las orejas cortadas.

Tras una dura jornada de trabajo ayer, llega el día del Señor, el “Dominus Dei”, el domingo, día en el que los Cristianos adoramos al Dios del Universo que llena el Cielo y la Tierra de Su Gloria, me dispongo a escribir el tradicional Cuento de Navidad, ese cuento “sui géneris” en el que doy una explicación del porqué cada raza tiene unas concretas características y este año le toca al Dogo – Presa Canario (que tanto monta, monta tanto según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española), esa raza maravillosa que he visto creer y ser reconocida por la FCI de la mano de los señores a los que dedico este que hoy leéis: Don Jacinto  Martín Abrantes y familia, mi “otra” familia de la Gran Canaria y a don Felipe Alberto Llano Palacios y familia, mi “otra” familia  de la ribera del Guadalquivir, en ellos me miro en el espejo de la raza por su amor a ella y por los muchos méritos que les asisten. Este es mi regalo de Navidad .

Otro de los motivos es un “solemne cabreo” que a este que hoy se dirige a ustedes le han comentado del reciente Eukanuba  Dog World Challenge… me han contado que se han visto un par de perros con rabos mutilados, por lo que, modestamente entiendo que se ha discriminado a “Grado” por el tema de sus orejas. No continúo pues no está en mi afán la discordia ni el enfrentamiento a nadie y menos en estos tiempos de perdón con el que debemos como católicos impregnar el espíritu de la Natividad de Nuestro Señor.

Una vez dicho todo ello os dejo con este nuevo cuento que escribo escuchando música barroca, concretamente el Oratorio de Navidad, BWV 248, de J.S Bach, uno de los compositores que es quien mejor han alabado a Dios con su música Sacra.

 

CUENTO DE NAVIDAD

 

Corrían los tiempos de la Primera Natividad de Nuestro Señor, esa fecha en la que Dios Nuestro Omnipotente Padre, hizo el mayor regalo al Mundo, nos regaló la Vida de Jesucristo, Su único Hijo, para redimirnos a todos sus hijos para que todos los que creemos en El tengamos la Vida Eterna, tal y como nos dice el Apóstol San Juan en el 3:16 de sus Evangelios, que parafraseo de este modo torpe.

 

“Y Roma la dueña del Orbe mandó crear un censo por estirpes, tal y como se estilaba en la cultura latina, y por ser  ambos de la del Rey David, hubieron de desplazarse San José, nuestro casto padre putativo y Nuestra Madre la siempre Inmaculada Virgen María a Belén, que en aquella época andaba abarrotada de gentes, por estar casi al expirar el plazo de ese censo que por Decreto ordenó el Emperador César Augusto para todo el Orbe Romano, incluido el protectorado de Judea.

 

El camino desde Nazaret fue duro, especialmente para la Virgen que, embarazada y en avanzado estado sufría el camino para inscribirse en la ciudad de origen de la Real Estirpe. No estaba en el ánimo de los Romanos alterar las costumbres de los pueblos que dominaban y por ello se hizo al estilo hebreo pero tampoco estuvo en el ánimo de Publio Sulpicio Quirinius el  poderoso gobernador de Siria prever nada para los desplazados ni fonda ni cama, como hubiese sido lógico en su condición de oficial del ejército de Roma.

 

El Cirenio, militar, aristócrata, senador y cónsul de Roma (libre traducción del nombre del gobernador al griego, realizada por San Lucas) gobernó la Siria con mano firme desde el año 6 a.C hasta el año 9 d.C y realizó este primer censo y otro posterior para corregir los errores del mismo siendo ya Cristo nacido. Este censo no fue realizado por amor a los súbditos de Herodes sino con vistas a cobrar los impuestos pertinentes que junto a Coponio su mano derecha en el gobierno de Judea recaudarían para enriquecer a la “Caput Orbis”, ROMA, un gigante ansioso de oro para pagar su enorme tren de vida y calmar a las voces de la indómita plebe que demandaba Pan y Circo. 

 

Más de 140 kilómetros, cinco días agotadores de camino polvoriento, de posadas inmundas y de incomodidades para llegar a cumplir con la obligación establecida por el nuevo Orden…y al llegar a Belen ni posada ni fonda, ni cama ni comida…San José desesperado tenía las lágrimas saltadas de sufrimiento e impotencia y nuestra Santa Madre al cabo se puso de parto…ni el hueco de una escalera encontraron para refugiarse.

La ciudad se vistió con una zamarra de sucia nieve, entre blanca, marrón y ceniza; el frío apretaba y la noche se cerraba. En ese deambular por las callejas un viejo le indica a San José la existencia de una cuadra excavada en la roca a las afueras de la ciudad y hacia allí se dirige el Santo Matrimonio. En ese interim se produce una escena que por desgracia hoy todavía sucede: un matarife, un jifero romano armado con una gran estaca apalea a un pobre moloso asirio-babilonico, de esos que usaban para el agarre de los toros en los corrales  como ayuda para inmovilizar a las reses y exclamaba “vete, fuera maldito viejo, ya no sirves para el agarre, fuera, fueraaaaaaaa”.

 El pobre animal, de color arena y blanca máscara donde otrora fue negra, hecho un saco de huesos  se alejó de la puerta lloriqueando y cojeando de debilidad, hacía días que no  probaba bocado ya que su proverbial fuerza se acabó mermada por los años de agotador trabajo y la vejez; ya no tenía aliento ni para disputar las miserables sobras a los perros parias que, como apestados, recorrían Belen disputándose alguna inmundicia, se echó cerca de un montón de leña a esperar sereno a la muerte.

San José se apiadó de él, paró un momento, chasqueo los dedos y el animal manso se acercó a él…le dio agua con sus manos y la Virgen sacó el último pedazo de pan que llevaba y se lo ofreció; no podía ni comer, las santas manos lo partieron en pequeños pedazos y comió poco a poco mirándolos con sus agradecidos ojos blanquecinos por la edad y moviendo su rabo en señal de alegría. 
El viento arreciaba y se refugiaron por fin en el modesto portal medio excavado en la piedra y allí, del modo más humilde del mundo, entre una mula y un buey, entre la dorada paja del trigo, dio a luz el Santo Vientre y Dios cumplió así su promesa y nos envió a su único hijo para que muriese por nosotros.

Una estrella con cola y una luz que el hombre no puede describir alumbraron aquella cuadra, en cuyo pesebre envuelto entre improvisados pañales dormitaba el Rey de Reyes. Las palomas con su arrullo cantaban la Gloria del Divino Nacimiento, y llegaron los pastores y adoraron al Niño que había nacido ya, y también le cantaron y llevaron viandas y las compartieron con los desfallecidos Padres y de nuevo Ellos  alimentaron al perro abandonado con pan y tibia leche, queso y algo de carne seca  con los que los más humildes  agasajaron a la Sagrada Familia.

Tras ello llegaron los tres magos de Oriente que ofrecieron los símbolos que todos los gobernantes debieran recibir para que recordasen su condición, especialmente la  mirra, perfume con el que en la antigüedad se ungía a los muertos, adoraron al Niño y retornaron a prisa a sus residencias ayudados por sus lacayos y camellos, temerosos del taimado Herodes que les pidió ser avisado del nacimiento de ese nuevo Rey de Judea.

Transcurría con placidez el tiempo para todos ellos, hasta que se apareció un ángel, para indicarles que debían huir a Egipto, para evitar la  orden de Herodes que mandó asesinar a los niños menores de dos años, y sus tropas estaban cumpliendo. San José buscó una modesta borriquilla y  subidos en ella Nuestra Abogada ante Dios y el tierno infante emprendieron camino; los soldados se acercaban, los llantos precedían su carnicería. La Virgen llamó al viejo perro de briega y él la miró y se echó en el umbral del Portal y no se movió, Nuestra Madre lo entendió todo, el viejo guerrero se preparaba para su última batalla y  las lágrimas empañaron los venerados ojos … llegaron los soldados y el perro sacó su más fuerte y ronco gruñido, les miró a los ojos y les atacó. Atacó con  toda su fuerza y bravura para entretener a la tropa que, informada del  Sacro parto quería entrar en la cueva a matar al recién llegado.

Uno de los soldados más próximos intentó patear al perro y fue mordido con fiereza y gritó, los demás desenvainaron sus espadas y fueron a por el animal, perdió sus orejas y su cuerpo dorado como las arenas del desierto se cubrió de cortes y de sangre; cuando el moloso presintió que sus protegidos estaban bastante lejos del peligro se dejó matar  y acabó su sufrimiento, dando generosamente la vida por quienes le dieron de beber cuando apenas tenían agua y de comer cuando sólo tenían un mendrugo. Su último estertor de vida fue para pensar en ellos.

La Virgen escuchó el silencio de la noche y al volverse San José le miró, con rostro severo y triste, movió la cabeza un par de veces y siguió andando a paso ligero tirando de la borriquilla, la Virgen rezó y pidió a Dios  por el pobre perro de carnicero, para que le diese un lugar cerca del cielo y que lo bendijese como recuerdo a su hazaña con un color peculiar y un buen lugar para que sus descendientes viviesen, y Dios en su Infinita bondad así se lo concedió y en recuerdo a ese perro sin nombre sus descendientes tienen una tierra propia, Canarias, Can Arius, tierra de los perros, y tienen un color peculiar el color atigrado que recuerda con ese manto por el que asoman tonos arenas las heridas de las espadas que recibió su antepasado y se les corta las orejas para que no olviden que deben ser púgiles y titanes en la defensa de su familia y sus pertenencias en recuerdo del viejo héroe que fue directamente al Arco Iris donde nos esperan todos los perros que como bravos escuderos abren el camino al más allá para que no le tengamos miedo…"

Rafael Fernández de Zafra.



Navidad del Año de Nuestro Señor de 2015.     


No hay comentarios:

Publicar un comentario